Enamorarse es de las experiencias más chéveres en la vida. Compartir una parte tan privada de ti no lo haces con cualquiera y obviamente al dejar una parte de ti con alguien más, es algo que deseas sea para siempre. Sin embargo, también hemos aprendido, poco a poco, que nada dura para siempre. Ni los amigos, ni el amor, ni nuestros seres queridos. Todo termina en algún momento. Lo malo es que cuando dejas de tener pareja, sientes que el mundo se viene encima. Piensas que ya nada tiene sentido y sí, te pones triste y parece ser que nadie entiende tu sentir.
“Nadie lo entiende, mi vida dejó de tener sentido”

Bueno, tampoco es para tanto; pero en un principio creemos que así es. Cuando se va el ser amado, pensamos que nuestra vida ha dejado de tener sentido si él no está en ella. Creemos que nunca más volveremos a sentirnos o ser felices, pero sólo son ideas un poco extrañas que pasan por nuestra mente esos días. Sin embargo, todo es resultado de cómo nos sentimos, de lo que estamos pensando y claro, también de qué tan buena o no es nuestra autoestima.
El cerebro es el peor enemigo

En más de una ocasión tu cerebro te hará malas jugadas en donde tendrás el deseo de mandarle mensajes, estar investigando lo que hace y con quién lo hace. Además, muchas veces nos conformamos con la primera persona que se cruza en nuestro camino, por miedo, por las inseguridades y porque tememos que no encontraremos a alguien mejor. Tal vez por eso en más de una ocasión nos arrepentiremos de la decisión que hemos tomado, pero preferimos eso en lugar de estar solas.
Cuando no hay nada

Si te relacionas con alguien que no confía en ti, que no comparte contigo o que no hace algo por ser una mejor persona, no hay nada que esperar de esa relación. La realidad es que no podemos hacer cambiar a nadie de parecer. Si la persona desea cambiar, lo va a hacer porque así lo desea. No hay más.
Cuando dejas de tener pareja, aprendes a escuchar hacia tu interior

- Qué tanto sabes cuidar de ti misma
- ¿Tienes estabilidad emocional?
- Aprende a perder
- Nunca idealices a nadie