Al ser esposa cometí muchos errores. Al principio, fue fácil para mí señalar con cada dedo de la mano y del pie a mi esposo por destruir nuestro matrimonio de 10 años. Se marcho sin mirar atrás. Mucho antes de eso me excluyó repetidamente. Evitándome todo el tiempo, eligiendo enterrarse en su trabajo. La culpa fue mi mecanismo para afrontar y superar los primeros meses de la separación.
Reuní a todo un ejército de partidarios que, como yo, estaban total, total y completamente horrorizados ante el descaro —el descaro— de este hombre.
Desvié toda culpabilidad por el fracaso de mi matrimonio durante meses, aferrándome a la imagen que me pinté de mí misma como la esposa gentil, desinteresada y sufrida. No fue hasta que encontré a un terapeuta que me hizo ver todos mis defectos y créeme no fue nada bonito. Después de esta experiencia me siento en la necesidad de advertirte sobre estos 4 grandes errores que cometí al ser esposa.
Poner a mis hijos primero

Al ser esposa es muy sencillo adoptar la imagen de madre abnegada. Con el tiempo cuando el matrimonio empezaba a ahogarme me salía con los niños a vivir diferentes aventuras. Claro que mi marido no estaba invitado porque no venia. Elegí a mis hijos, las caricaturas e vez de las salidas con mi marido. Quizás al año solo teníamos una cita a solas en nuestro aniversario.
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No había límites entre mi matrimonio y mis padres

Mis padres estaban en nuestra casa con mucha frecuencia, de hecho solían entrar sin previo aviso. Ellos ayudaban en la casa con cosas que nunca se les pedía. Por ejemplo mi mamá planchaba la ropa y mi papá arreglaba cosas pequeñas de la casa. Al ser esposa me daba miedo sacar a mis padres de la ecuación. Yo no quería que ellos se enojarán conmigo.
Mi esposo, literalmente, se casó con toda mi familia.
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Lo castré

Pensé que el amor se trataba de honestidad, pero todos sabemos que la verdad duele. A medida que nos sentíamos más cómodos (léase: perezosos) en nuestra relación, dejé de intentar sacar el aguijón. Hablé con mis amigas, mi mamá, mis compañeros de trabajo. Todo lo malo a mis ojos yo lo recalcaba con cuanta persona se me ponía enfrente. En lugar de acariciar ssu ego, simplemente lo pisoteé.
Lo reprendí por hacer las cosas mal cuando, con toda honestidad, simplemente no las estaba haciendo a mi manera. A veces le hablaba como a un niño. Controlé las finanzas familiares y lo interrogué sobre cada centavo que gastaba. Y en el dormitorio, sí, lo adivinaste, él también lo estaba haciendo mal, y no me avergoncé de decírselo.
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No me molesté en aprender a pelear de la manera correcta.

Sé que suena extraño sugerir que hay una forma correcta de luchar. Pero hay. De verdad, las peleas pueden llevarte a grandes acuerdos con tu pareja. Las cosas pequeñas me volvían loca y con esas cosas tontas me comencé a convertir en una mujer reprimida que estallaba ocasionalmente en un ataque de rabia. Tendía a mantener la paz en nuestra casa manteniendo la boca cerrada cuando las cosas realmente me molestaban.
Escribo esto porque no puedo creer cuánto tiempo mantuve mi cabeza enterrada en la arena. Nos mentimos, seguimos los patrones de nuestras madres y aquí estoy yo. En terapia, recién divorciada con 36 años de edad 3 pequeños hijos y una gran pila de arrepentimientos.